Emperador

Los líderes japoneses siempre habían imaginado una salida negociada de la guerra. Sus planes anteriores a la guerra anticipaban una rápida expansión, consolidación, posible conflicto con Estados Unidos y luego un acuerdo en el que ellos podrían conservar al menos parte del nuevo territorio que habían conquistado.17​ Llegado 1945, los líderes japoneses estaban de acuerdo en que la guerra iba mal, pero discrepaban sobre la mejor manera de negociar un final para la misma. Había dos bandos: el llamado bando de la "paz", que prefería una iniciativa diplomática para persuadir a Iósif Stalin, líder de la Unión Soviética, para que mediara entre Estados Unidos y sus aliados y Japón; y los partidarios de la línea dura, que preferían luchar hasta una batalla final "decisiva" en la que infligiría tantas bajas en los Aliados, que estos estarían dispuestos a ofrecer términos más indulgentes.18​ Ambas visiones se basaban en la experiencia de Japón en la Guerra Ruso-Japonesa, 40 años antes, que consistió en una serie de batallas costosas pero poco decisivas, seguidas de la decisiva batalla naval de Tsuchima.19
Como primer ministro, el almirante Kantarō Suzuki lideró el gobierno japonés en los meses finales de la guerra.
Rondando el final de enero de 1945, algunos representantes oficiales japoneses cercanos al emperador perseguían unos términos de rendición que protegieran la posición del emperador. Estas propuestas, enviadas a través de canales británicos y también estadounidenses, quedaron recogidas en un dossier de 40 páginas que confeccionó el general Douglas MacArthur, presentándoselo al presidente Franklin D. Roosevelt el 2 de febrero, dos días antes de la Conferencia de Yalta. Según se informó, Roosevelt rechazó inmediatamente el dossier: todas las propuestas incluían la condición de que la posición del emperador fuera asegurada, aunque quizás como títere. Sin embargo, a esas alturas la política aliada era aceptar sólo una rendición incondicional.20​ Además, varios miembros poderosos del gobierno japonés se oponían con firmeza a estas propuestas y, por tanto, no se podía decir que estas representaran una verdadera voluntad de rendición por parte de Japón.21
En febrero de 1945, el príncipe Fumimaro Konoe le dio al Emperador Hiroito un memorándum analizando la situación, y le dijo a Hirohito que, si la guerra continuaba, la casa Imperial podría estar en mayor peligro por una revolución interna que por una derrota en la guerra.22​ Según el diario del Gran Chambelán Hisanori Fujita, el emperador, intentando llegar a una batalla decisiva (tennōzan), respondió que era prematuro buscar la paz, "a menos que hagamos una conquista militar más".23​ También en febrero, la División de Tratados de Japón escribió sobre las políticas aliadas hacia Japón respecto a "la rendición incondicional, la ocupación, el desarme, la eliminación del militarismo, las reformas democráticas, el castigo a los criminales de guerra y el estatus del emperador".24​ Un desarme impuesto por los aliados, el castigo a los criminales de guerra por parte de los Aliados y, sobre todo, la ocupación de Japón y la deposición del emperador eran términos inaceptables para los líderes japoneses.2526
El 5 de abril, la Unión Soviética anunció que no renovaría el Pacto de Neutralidad Soviético–Japonés que se había firmado en 1941 tras el Incidente de Nomonhan.27​ En la Conferencia de Yalta de febrero de 1945, los Aliados occidentales hicieron varias concesiones importantes a los soviéticos para obtener la promesa de que le declararían la guerra a Japón no más de tres meses después de que Alemania se rindiera. Aunque, legalmente, el Pacto de Neutralidad seguiría vigente oficialmente hasta un año después de la denuncia soviética (esto es, hasta abril de 1946), el tono que adquirió la cancelación daba a entender una intención de ir a la guerra.28

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